Carta a ninguna parte.
A una firma su rostro se tornó pálido.
La acidez de aquellos labios y las ganas de volver a rozarlos.
Las ganas de volver a sentirlo; las ganas de morir con tan solo una caricia.
La mirada que le susurraba que no se marchara nunca; esa mirada que por vergüenza o por miedo ella siempre intentaba evitar.
Compartiendo barricada, con el puño izquierdo en alto y la bandera que ondeaba al compás del viento.
El pañuelo cubriendo su rostro y sus frías manos entrelazándose con las de él.
Su canción favorita sonando en la radio -En todas las emisoras de la ciudad-
El sol cayendo al mismo tiempo que caían los edificios y los contenedores ardían.
Al mismo tiempo que sus ropas se desgarraban y la sangre lo cubría todo.
Mientras los versos más tristes eran escritos por una dama.
Mientras él se desnudaba, ayudado de otras manos.
Mientras no éramos -Conscientes, quizás.-
Mientras seguíamos -Ausentes, igual-
Cuando éramos la caricia más efímera; el beso sórdido que marca el inicio de una revolución.
Mientras el pianista seguía tocando y el violinista se quedaba dormido en el tejado.
Mientras nuestro barco se fue a pique y naufragó.
Cuando parecía que nadie podría salvarnos de aquel precipicio.
Y cuando parece que nadie se dispone a hacerlo.
¿Cuándo? Cuando.
¿Mientras? Mientes.
Y que sí, que ya está, que ya estoy harta, que no aguanto más; sin ti, sin mi, sin estar, y estando.
Que es cierto, lo confieso, te necesito.
Te necesito como Fidel a Cuba, como Allende a Chile; te necesito como la revolución al fusil.
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